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CO-EVOLUCIÓN GUÍAS Y RECOLECTORES KEN WILSON Ha surgido una sociedad humano-ave para obtener la miel…, hermoso ejemplo de la relación biocultural entre especies. Los proyectos que buscan garantizar que dicha relación sea transmitida a la próxima generación están teniendo éxito.
EXISTE UN pájaro en África denominado el más grande Indicador (guía de la miel) y que ha desarrollado la habilidad de orientar a las personas hacia los nidos de abejas silvestres, con el fin de poder compartir el botín con ellas. Consume el panal junto con las larvas ricas en proteína e incluso ha desarrollado la capacidad de digerir la cera. Este pájaro guía a las personas porque, pese a que puede encontrar sin dificultad los nidos de abejas y recordar su ubicación, no puede llegar adentro sin ayuda humana (o de un tejón de miel). Por su parte, los recolectores de miel trabajan con el ave porque, aunque son altamente cualificados (les he visto seguir la pista de un nido mediante la búsqueda y alineación de motas de polen amarillo arrojado ocasionalmente por las abejas que no pueden abandonar el panal) pueden encontrar más miel y de manera más rápida con ayuda de las aves. Y la miel es un producto excelente: sabe muy bien, se almacena sin problemas, es medicinal y altamente comerciable, con ella se hace exquisita aguamiel, es perfecta para buscar y comer al mismo tiempo durante un viaje, y la cera puede utilizarse de muchas maneras. En resumen, es una parte deliciosa de forma de sustento. La mayoría de los Indicadores han desarrollado instintos de guía, una capacidad de aprender el complejo comportamiento de los guías y una llamada de guía específicamente para seres humanos. Y con el fin de rastrear eficazmente dos recursos distribuidos espacial y temporalmente (humanos y abejas), el ave ha renunciado al cuidado materno, por lo que (al igual que el cuco) deja sus huevos en los nidos de otras especies, lo que le permite moverse. A su vez, los recolectores de miel han aprendido a asociarse con las aves, desarrollando sonidos específicos para llamarles y han desarrollado la cultura de compartir los productos apícolas. Esta maravillosa relación ave-humano es un ejemplo de la naturaleza del bioculturalismo. Las fronteras en la mentalidad occidental entre cultura y biología y lo que es humano y lo que es Naturaleza, no funcionan con la biocultural. La interdependencia es profunda y en un caso como este, ambos se benefician. Hay un componente genético que desemboca en un componente aprendido, ya que en distintas regiones la gente llama a las aves mediante sonidos diferentes (y diferentes tribus describen la llamada del ave también de una manera distinta). Esta tradición del lenguaje de interespecies persiste y evoluciona en diferentes comunidades con el tiempo y de formas únicas. ¡En algunos lugares los recolectores incluso envían señales de humo a las aves!. Sorprendentemente, otras especies también han aprendido a descifrar este lenguaje. He visto con mis propios ojos que el azor, ave rapaz del desierto, es a menudo la primera en la escena cuando un recolector de miel comienza a llamarlas. Tranquilamente, el halcón se posa sobre un árbol cercano y se prepara para capturar y comerse a cualquier Indicador que se acerque. Mientras tanto, el Indicador más pequeño y de garganta áspera (que no guían) aparece en silencio y siguen la procesión encabezada por el Indicator mayor, buscando su parte del botín. Eso que está ocurriendo acá es co-evolución. Ha tomado mucho tiempo y algo muy complejo ha sido reunido a través de la innovación y la respuesta. Y, sin embargo, también puede deshacerse rápidamente. Presumiblemente, las aves que insisten en guiar a personas que no tienen ningún interés en ser seguidas están convencidas de harían mejor uniéndose en lugar de hallar otros alimentos y “comer solos”. Pese a que dicha co-evolución puede ser fructífera para ambas partes, ésta sobrevive sólo al ser transmitida de una generación a otra. Si las aves y las personas están separadas los Indicadores pierden capacidad, ya que aunque el ave esté genéticamente programada para orientar y las personas puedan conocer sobre su existencia, dicha cooperación requiere habilidades prácticas adquiridas y el sistema en su conjunto únicamente sobrevive si las piezas están unidas. Esta habilidad adquirida requiere de un maestro. Yo viví con una comunidad de Zimbabwe que conocía bastante sobre los sitios de los nidos y sobre el comportamiento de diversas especies de las pequeñas abejas sin aguijón. Una de esas especies, un tipo de Trigona, le gustaba hacer su nido en terrenos de arcilla llamados zvimhamhare, presumiblemente porque estos no se inundaban durante las lluvias. A la entrada de su nido hacía un pequeño cono de cera para protegerla. Usted apenas podría ver ese cono y seguir las pequeñas abejas era una forma muy lenta para encontrar sus panales. Por eso existe una tradición: desnudarse y rodar lentamente a lo largo del área de arcilla hasta sentir la débil marca del cono de cera contra su cuerpo. Luego, retroceder para encontrar el nido. Pero el simple hecho de saber cómo se hace esto no basta para que un novato salga y lo haga. Es necesario un maestro de maestros como el difunto Joseph Magwidi. Cuando tuve el privilegio de reunir miel Trigona en el oeste de Arnhem Land, norte de Australia, procuré utilizar mis métodos africanos para encontrar los posibles sitios y buscar las abejas. No conseguí nada. Mi anfitriones aborígenes me explicaron que la forma en que ellos reunían este tipo de miel no era buscando las abejas o sus nidos. Por el contrario, seguían una brillante y colorida pequeña avispa que vivía de hallar nidos de abejas sin aguijón y luego los parasitaba dejando sus huevos dentro para alimentar la cría. Siguiendo la avispa se podría encontrar la miel. Así es la relación biocultural normalmente permitida por el inusual y profundo conocimiento. Gran parte de ella se basa en los extraordinarios poderes de observación de los seres humanos y en su capacidad de contarle a la próxima generación sobre ello y, uno podría añadir, hacerlo mediante una canción. Una simple porción de ese conocimiento es mutuamente beneficiosa para las especies en cuestión, aunque - por supuesto - una de las cosas que siempre se trasmiten es la necesidad de amor y respeto por lo que es cosechado y nunca tomar más de lo necesario. TAL COMO OCURRE hoy con lo biocultural en el mundo, la recolección de miel con las aves Indicadoras está siendo menguada por las nuevas ideas culturales sobre economía y progreso. Antes eran comunes en las poblaciones de la sabana y de los bosques de África Meridional y Oriental, pero las relaciones de guía activa han disminuido drásticamente en los últimos decenios. El Indicador ha tenido que volver a rebuscar cera, a cazar insectos o a colaborar con el tejón de miel en sitios donde tales especies están aún presentes. El pájaro se ha convertido en algo raro. Al igual que el picabuey, que extraía garrapatas de nuestro ganado y que hoy puede ser víctima de envenenamiento por los nuevos métodos de desinfección de de reses, el Indicador está disminuyendo en la medida en que nos desentendemos de él. Ya entre los seres humanos, el uso del Indicador para reunir cantidades significativas de la miel se ha concentrado en comunidades que son consideradas “retrasadas”. Nuevamente dicha una característica es común de la naturaleza de la diversidad biocultural: en los últimos siglos estas complejas, íntimas y continuas relaciones se concentran cada vez más en las minorías y los pueblos indígenas. ¿QUÉ PUEDE HACERSE FRENTE a esa pérdida? Un aspecto crucial, aunque sorprendentemente poco tenido en cuenta, es preguntar a los custodios de esta tradición (en este caso los recolectores de miel) sobre lo que ellos piensan que debe hacerse para seguir adelante. Al respaldar estos esfuerzos locales en sus propios términos contamos con una asombrosa cantidad de pasión y conocimiento y llegamos directo al corazón del problema: específicamente por qué este conocimiento y relación con la Naturaleza no se está transfiriendo de generación a generación. En “The Christensen Fund” tenemos el privilegio de apoyar un proyecto de este tipo con los colectores de miel de habla Samburu en Ngurnit, Ndoto Hills, norte de Kenia. Este grupo “Dorobo” es ahora una sub-sección de un pueblo fundamentalmente pastoril y vive de la caza y la recolección de miel alrededor de una imponente montaña que comienza desde el este del desierto del lago Turkana. Daudi Lolmongoi, uno de los guardianes locales de esta tradición, explica que: “Las abejas son para nosotros lo que el ganado es para el pastoreo. La leche de ilchangaro [larvas de abeja], que alimenta a nuestros hijos, especialmente durante las estaciones secas, es mejor que la leche de ganado. Da al dorobo buena salud y fortaleza”. Cada familia de Ndotos tiene la custodia de una franja de tierra forestal que se extiende desde las tierras bajas hacia las montañas, poniendo a su disposición toda la gama de zonas ecológicas. Esta tierra es cuidadosamente administrada y re-asignada en la circuncisión y el matrimonio. Dicha práctica continúa pese a que sus casas se han convertido, oficialmente, en un bosque del Estado, aunque ahora es más difícil para los ancianos proteger sus territorios, ya que no se les permite vivir dentro del bosque y no tienen ningún derecho legal para excluir gente. El gobierno no tiene fondos para un guardia forestal. He aquí otra característica de la diversidad biocultural. Por lo general ésta envuelve tradiciones complejas en la gestión de tierras y el conocimiento como “propiedad común”, lo cual hace posible respetar las ricas complejidades locales de tiempo y espacio. Además, los regimenes de propiedad privada y estatal ahora deambulan por donde aún hayan recursos naturales para ser “conservados”, lo cual casi siempre trae cambios a los sistemas tradicionales que los han conservado. Como fundación hallamos una forma de apoyar a esta comunidad a través de un aliado local y esto ha alentado a los dorobo a volver a valorar su tradición, a sostenerla y compartirla con otros pueblos para los que estaba desapareciendo. Esta organización lleva a los ancianos a las aulas para enseñar y a los niños al bosque para aprender. El conocimiento de las aves está entrelazado con el conocimiento de la ecología del bosque, las historias de las cuevas y la manera de encender un fuego sin fósforos. Es emocionante y surge el orgullo. Como Lepitilin Leulika dice: “El Indicador es hermano, madre y amigo del dorobo. Nos habla. Es como un ser humano. Nosotros no lo dañamos”. Los maestros también se entusiasman y la educación deja de ser la negación acerca de los conocimientos indígenas. La tradición salta la brecha generacional. Para financiar este trabajo necesitamos el tipo de persona excepcional que pudiera dirigir siguiendo. Esto lo encontramos en el doctor Isack Adan Hussein, quien para su doctorado en la Universidad de Oxford habló sobre cómo los seres humanos y los Indicadores o “guías de la miel” realmente aprendieron a comunicarse trabajando entre su propia comunidad de nómadas del norte de Kenya, cerca de Gabbra. Veinte años más tarde, como Jefe del Departamento de Patrimonio Cultural en los Museos Nacionales de Kenia, él está ayudando a muchos de los pequeños pueblos de Kenia a mantener sus tradiciones vivientes y las relaciones ambientales, incluidas las de los dorobo. Las sociedades que se dan a nivel de la comunidad y del paisaje, caracterizan el enfoque co-evolutivo para mantener la diversidad biocultural, mientras que se sea feliz. La conexión con la naturaleza no debería ser vista como un penoso deber, porque la felicidad también co-evoluciona junto con el bioculturalismo”. Ken Wilson es director de The Christensen Fund. CITAR: “La felicidad también co-evoluciona junto con el bioculturalismo”. |